Cuando alguien pide presupuesto para una web, la conversación se va casi siempre al diseño: cuántas páginas, qué colores, si se parece a esta otra. Y el diseño es la parte cuyo coste mejor se estima. Lo que descuadra los presupuestos está en otro sitio.
De dónde sale la cifra
Una web corporativa a medida —Next.js, desplegada en tu propia cuenta, con su SEO técnico hecho— parte de 2.500 €. Una landing suelta es menos; una tienda o una aplicación con usuarios es bastante más.
Ese número no sale de una tarifa por página. Sale de horas: levantar qué tiene que hacer la web, montar la estructura, escribir el código, probar en móvil de verdad, desplegar y dejarlo documentado. Una web de cinco páginas bien hecha son entre 35 y 50 horas. Si alguien te la ofrece por 600 €, no está trabajando menos horas: está usando una plantilla, y eso es un producto distinto con otro precio justo.
Las cinco cosas que mueven el presupuesto
Los idiomas. No es traducir: es que cada URL tiene su versión, sus etiquetas hreflang, su sitemap y su contenido que hay que mantener sincronizado. Un segundo idioma no suma un 20 % al trabajo, suma más cerca de un 40 %, y a partir del tercero el coste está en el mantenimiento, no en el montaje.
Las integraciones. Un formulario que manda un correo es media hora. Un formulario que crea un registro en tu CRM, avisa por Slack, comprueba que el correo no es desechable y guarda el consentimiento con fecha es otra cosa.
Cada sistema con el que la web habla es un punto que puede fallar y que hay que probar.
Quién escribe los textos. Es la partida que más presupuestos revienta y la que nadie presupuesta. Si los textos llegan hechos, la web avanza. Si hay que escribirlos, es un trabajo en sí mismo —y normalmente el más lento, porque depende de decisiones que solo puede tomar el cliente—. Conviene decidir esto antes de empezar, no a mitad.
Cuántas rondas de revisión hay. Dos rondas es sano. Seis significa que no estaba claro qué se quería, y ese coste lo paga alguien. Yo lo cierro por escrito: dos rondas incluidas, la tercera se presupuesta. No es rigidez, es lo que evita que un proyecto de un mes se convierta en uno de cuatro.
Si alguien tiene que poder editarla sin tocar código. Esto es lo que más se pide y lo que menos se presupuesta. Que tú puedas cambiar un texto o publicar un artículo significa montar un gestor de contenidos, modelar los tipos de contenido y protegerlos para que un error no rompa la página. Es una decisión de coste, no un extra: puede añadir un tercio al proyecto, y a veces no compensa si vas a tocar la web dos veces al año.
Lo que no debería costarte más
Que sea rápida. Que se vea bien en móvil. Que tenga sus metadatos, su sitemap y sus datos estructurados. Que sea accesible con teclado y lector de pantalla. Eso no son extras que se cobran aparte: es hacer el trabajo.
Si te lo presentan como una línea adicional del presupuesto, pregunta qué incluye entonces la línea principal.
La pregunta que de verdad decide el precio
No es «cuántas páginas», es qué tiene que pasar cuando alguien entre. Una web que solo tiene que existir para que te encuentren es un proyecto. Una web que tiene que conseguir que te escriban es otro, porque entonces hay que pensar el recorrido, las objeciones y la llamada a la acción, y eso es trabajo de estrategia antes que de código.
Cuando alguien me dice «quiero algo sencillo» normalmente quiere decir lo primero. Y está bien, pero conviene decirlo, porque el presupuesto cambia.
Cómo saber tu cifra
Con cuatro respuestas sale un rango fiable: cuántos idiomas, con qué sistemas tiene que hablar, quién escribe los textos y si vas a querer editarla tú.
Escríbeme con esas cuatro y te doy un rango el mismo día. Lo que hago exactamente está en desarrollo web, y si lo que te preocupa es acabar atado a una herramienta, eso lo cuento aquí.
